Escritores Suicidas: el giro poético de la Muerte

La muerte es una constante en la literatura. Quizá suene como una afirmación categórica, pero  a lo largo de la historia de la ficción, miles de personajes han sido protagonistas de los finales más diversos. El límite desconocido que se proyecta más allá de ese miedo tan absurdo como necesario a la muerte ha llenado páginas y páginas tanto en Oriente como en Occidente. Sin embargo, el suicidio como acto voluntario por el cual se suprime nuestra experiencia vital, se ha convertido en la temática predilecta de muchas obras literarias, colocando en el terreno de la celebridad a centenares de suicidas.

Japón tiene el triste mérito de poseer una de las tasas de suicidio más altas entre las naciones industrializadas, manifestándose este hecho inevitablemente en la obra de los escritores nacionales. Independientemente del análisis sociológico y antropológico que se pretenda realizar sobre este fenómeno, nos enfocaremos en estas líneas en la vida de algunos escritores que cruzaron el límite de lo ficticio e hicieron del suicidio el epílogo de su vida. Conoceremos los aspectos centrales de su producción literaria, sumarizado en ese hecho trágico y fundamental que es la muerte autoprovocada. No pretendemos vanagloriarlos en su decisión, sino compartir esa faceta que se revela como oscura pero inevitable.

En este sentido es propio señalar que durante toda la evolución de la historia literaria de Japón, pero particularmente durante el periodo Tokugawa, el suicidio cumplió diversos roles en el campo de la literatura. En algunos casos aparece como la única opción para amores desafortunados que están condenados al perpetuo desencuentro. En muchos otros, el suicidio se convierte en el camino para preservar el honor del guerrero samurái y su familia; una temática tratada en  gran número de relatos. También podemos hallar en el suicidio la conclusión necesaria de la vida de personajes signados por la depresión y el desencanto frente a la vida.

Osamu Dazai: la irrevencia de la muerte

Referente inequívoco de sucesivas generaciones de jóvenes japoneses, Osamu Dazai se convirtió en uno de los escritores más celebres de su país. Nacido como Shūji Tsushima en el seno de una familia acomodada, su atracción por la literatura comenzó de manera prematura, ingresando en 1930 a la Universidad de Tokio. Pese a que no se graduó en Letras, su producción literaria cobró vigor en esos años, influida principalmente por su participación en el movimiento marxista local. Adquirió notable prestigio entre sus pares y en varias oportunidades fue merecedor de elogiosas criticas de parte de figuras fundantes de la literatura nipona contemporánea.

Su obra, compuesta por cuentos y novelas, alcanza su nivel máximo con “El Ocaso”, publicada en 1947 e “Indigno de ser humano”, aparecida al año siguiente. En una notable combinación de la tradición literaria occidental y los aspectos más conservadores de la sociedad japonesa, el autor ofrece una pincelada honesta de los tiempos en los que le toca vivir, presentando una visión descarnada de la realidad.

Protagonista de una vida tumultuosa, las pasiones irrefrenables eran una cuestión cotidiana de su existencia. Desheredado por su padre a causa de su relación con una geisha de bajo nivel, el joven Dazai comenzó desde joven con los intentos de suicidio, acumulando cuatro de ellos antes de lograr su cometido en 1948. Luego del matrimonio celebrado en 1939, el desasosiego pareció tomarse un descanso, pero el pesimismo intrínseco de su esencia era un fantasma que lo agobiaba constantemente.

“La mía ha sido una vida de mucha vergüenza. Ni siquiera puedo imaginar a mí mismo lo que debe ser vivir la vida de un ser humano “

Junto con su amante, y dejando atrás a su mujer y tres hijos, el escritor realizó un pacto suicida. En un apacible canal del río Tama, la pareja decidió poner fin a su existencia. Las lluvias de esa época del año generaban un aumento considerable en los niveles del canal, por lo que los cuerpos de los malogrados amantes fueron encontrados días mas tarde, en ocasión de celebrarse el cumpleaños 39 del escritor. Sin dudas este trágico final fue la firma elegida por el autor para poner fin a su existencia caracterizada por los excesos (adicción al alcohol y la morfina) y una serie de eventos desafortunados que desintegraron poco a poco su razón de ser. Su tumba en el templo Zenrin-ji de Mitaka, es la visita obligada de cientos de personas que a diario le ofrecen diversos objetos en señal de admiración y como ofrenda para su descanso eterno.

Yasunari Kawabata: lo bello y lo triste

Yasunari KawabataEl título de una de sus obras más conocidas es el que acompaña su nombre. En “Lo Bello y lo Triste” (Utsukushi to kanashimi to), ultima novela de Kawabata, podemos encontrar una narración clásica y pintoresquista que nos ilustra sobre aspectos centrales de la sociedad japonesa; una oportunidad ideal para conocer esa cultura desde nuestra mirada occidental.

Con el mérito de haber sido el primer escritor japonés en ganar el premio Nobel de Literatura (1968), se convirtió en el mentor de muchos futuros discípulos, siendo una pieza clave en la construcción de la literatura japonesa contemporánea. Avido por la lectura desde su infancia y la adolescencia, comenzó a dar forma a su vocación luego de ingresar a la carrera de Letras en la Universidad de Tokio. El hecho de haber perdido todos sus vínculos familiares antes de los 15, marcó a fuego su personalidad, trasladando sutil pero efizcamente eso a su obra.

“El tiempo pasó. Pero el tiempo se divide en muchas corrientes. Como en un rio, hay una corriente central rapida en algunos sectores y lenta, hasta inmóvil, en otros. El tiempo cósmico es igual para todos, pero el tiempo humano difiere con cada persona. El tiempo corre de la misma manera para todos los seres humanos; pero todo ser humano flota de distinta manera en el tiempo.”

Kawabata fue uno de los principales maestros del “neopercepcionismo”, una escuela literaria que se propuso reformar los modos tradicionales de hacer literatura, dotando de intelectualidad a los sentidos, proponiendo desde un modo subjetivo la compresión de la conciencia moderna y su circunstancia. Entre sus obras más conocidas en Occidente encontramos “Pais de nieve” (Yukiguni), novela que lo llevó a la popularidad, o “La Casa de las bellas durmientes” (Nemureru Bijo), junto con otras novelas y relatos. Tal como señaló en su maravillo discurso de aceptación del Nobel, en su obra intentó “embellecer la muerte, buscar la armonía entre los hombres, la naturaleza y la vacuidad”.

Las circunstancias que rodean su desaparición física son aun misteriosas, aunque se cree que el suicidio fue motivado por la perdida de uno de sus amigos y quizá el discípulo más importante, Yukio Mishima. Solo en su departamento frente al mar, inhalo gas hasta desfallacer, abandonando el plano terrenal a sus 72 años y consagrándose para siempre en el imaginario colectivo de las letras universales.

Yukio Mishima: el samurái nihilista

Yukio MishimaEscribir sobre Yukio es algo así como un placer culposo. Su vida ha sido una combinación tan particular de emociones, experiencias, encuentros y desencuentros que al conocer su obra no nos queda otra alternativa más que la de involucrarnos en su mundo. La indiferencia es imposible si se trata de sus novelas, testimonios y relatos.

Prodigio desde su infancia y adolescencia, Mishima nos entrega con su pluma una fruta que a la primera mordida resulta amarga pero en su centro es increíblemente dulce. Dueño de un erotismo cautivante forjó una personalidad que a lo largo de su vida despertó reacciones contradictorias entre quienes lo conocieron. Tal como lo describen los entendidos, fue un dandy y narcista. El masoquismo como expresión de placer frente al dolor es una de las facetas más polémicas de su figura. De hecho en su primera gran obra, Confesiones de una Mascara, comienza a desarrollar la idea de la “muerte bella”, tomando como referencia una antiquísima pintura de San Sebastián. Polémico como pocos de sus contemporáneos, significo un quiebre en la tradición literaria de su país.

El mar de la fertilidad” compuesta por las novelas “Nieve de primavera”, “Caballos desbocados“, “El templo del alba” y “La corrupción de un ángel” constituyen una especie de testamento ideológico del autor, que se rebelaba contra una sociedad para él sumida en la decadencia moral y espiritual.

Motivado no solo por la insatisfacción frente al materialismo vacio y la malaria espiritual del Japón de posguerra y frente la imposibilidad de preservar su propia juventud y belleza física, su suicidio  se convirtió en un acto teatral que cautivó a toda la opinión publica. Luego de un fallido golpe de estado y de haber tomado los cuarteles centrales de Ichigaya pertenecientes a la Fuerza Nacional de Defensa, puso en marcha su épico suicidio. Sus anhelos de ver al Emperador nuevamente en la cima del poder se vieron defraudados ese 25 de noviembre de 1970.

La primera etapa de su suicidio ritual consistió en el denominado kappuku, acto por el cual el samurái se destripa a si mismo, hecho necesariamente anterior  al hara-kiri (腹切). La segunda etapa de este procedimiento, llamada kaishaku fue ejecutada por su protegido y probable amante, Morita. Con un corte crudo, la cabeza de Mishima rodó por la oficina principal del edificio, manteniéndose intacta la bandana que la vestía (hachimaki) y en la que se podía leer “Servir a la Nación durante siete vidas” . Luego de realizar esto, Morita siguió los pasos de su líder y se practicó el seppuku.

Ya en 1955 Yukio Mishima habia publicado en un diario local algo llamado “Ultima Carta”. También se estima que dejó una nota de suicidio a un estudiante norteamericano. Inmediatamente antes de acabar con su vida, dirigió un manifiesto (gekibun) a las tropas de Jietai intentano alzarlos en armas. En su escritorio se encontró una nota en la que se leía “La vida humana es limitada, pero a mi me gustaría vivir por siempre”. Al funeral de Mishima asistieron decenas de miles de japoneses.

Luego de haber transitado el camino de la vida y la muerte de estos tres autores, no nos queda más que entrar en contacto con su obra y deleitarnos con ese testimonio eterno que constituyen los cuentos y novelas. Es oportuno en este caso, concluir con el poema que Mishima preparó para el día de su muerte:

El hombre embravecido pronto al rumor del desenvaine/¿Cuánto ha soportado hasta ésta, la primera helada?/ Aún, frente a quienes se agolpen despreciando el marchitar de la flor/Ésta, si un día ha de marchitar es porqué ¡bien flor ha sido!/y solo por su dignidad volará al tenue viento vespertino.-

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Este artículo es la suma imperfecta de diversas fuentes alojadas en la Red, aunque podemos destacar los textos “Farewell Notes of Japanese Literary Suicides” de Gilbert Alter-Gilbert y “Speaking to the Dead: A study of Yasunari Kawabata’s short story Jojoka” de Sandra Lockwood. La información sobre la obra y vida de los autores mencionados fue extraida de “Historical Dictionary of Modern Japanese Literature and Theater” de J. Scott Miller.

 




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