“Land of Hope” de Sono Sion

La exposición a la radiación se mide en sieverts, que en términos cotidianos representan la cantidad de energía absorbida por kilo de materia viva. Se estima que a partir de los 0,05 – 0,2 Sv existe un riesgo potencial de cáncer, mientras que desde los 1 – 2 Sv el riesgo de mortalidad se convierte en una realidad para el 10% de las personas expuestas en un periodo de 30 días. Aquellos que aun no habíamos nacido cuando se desató la crisis nuclear de Chernobyl descubrimos el riesgo potencial de la energía nuclear cuando luego del tsunami que azotó Japón en el 2011, la planta nuclear de Fukushima se convirtió en una bomba de tiempo. En Fukushima y áreas cercanas, fuera de la zona de exclusión, la exposición anual es de 20 milisievert en algunos lugares y hasta 50 milisievert en otros. Antes del desastre, la gente en Japón estaba expuesta a aproximadamente 1 milisievert de radiación natural al año.

Land of Hope - Sono SionEn “Himizu” (2011) Sono Sion ya se había animado a poner en el centro de la escena la vida posterior a un desastre natural, pero en ese caso optó por un enfoque un tanto más radical y violento. “Land of Hope” (希望の国, Kibō no Kuni) se sitúa en la imaginaria Nagashima, un poblado de los tantos que encontramos a lo largo de Japón, dedicado a las actividades rurales y habitado por gente austera y de costumbres sencillas. Todo allí se desarrolla como cualquier otro día, pero de pronto las alarmas comienzan a sonar y la llegada del tsunami se convierte en una realidad inminente. Conocemos entonces a Yoichi (Jun Murakami) y su esposa (Megumi Kagurazaka), quienes viven en una humilde casona junto a sus padres, Yasuhiko (Isao Natsuyagi) y Chieko (Naoko Otani). La tarde apacible se convierte entonces en el prologo de la tragedia. El amanecer los recibe con una enorme cinta que atraviesa su jardín y lo corta al medio, convirtiendo su casa en el límite entre la zona habitable y aquella expuesta al peligro. El peor de los pronósticos se ha confirmado: la planta nuclear que funcionaba cerca del pueblo ha colapsado.

Es en el fragor de la evacuación donde la película comienza a desandar el postulado que el director se planteó desde los inicios. El desconcierto de las primeras horas da lugar a la impotencia que genera abandonar el lugar donde días atrás la vida se desarrollaba con normalidad. El vacio que genera esa situación es pronto reemplazado por la amarga incertidumbre. Los centros de evacuados comienzan a poblarse mientras que en las casas solo quedan mascotas libradas a su suerte y el viento que como portador de malas noticias se pasea a su antojo por los solares desiertos y las habitaciones. El temor a la exposición radiactiva torna amargo cualquier intento por sonreír y en el horizonte solo se ve la amenaza de un peligro invisible y que a mediano plazo puede convertirse en letal. Sin embargo encontramos en Yasuhiko y Chieko, la viva imagen de la resistencia.

Erguidos frente a cualquier tipo de advertencia gubernamental e incluso renegando del pedido de su único hijo, el matrimonio de ancianos decide permanecer en su casa, cuidando de sus animales y de ese bello jardín en el que durante años depositaron denodado esfuerzo. Por otro lado la realidad de Yoichi y su esposa, obligados a mudarse de ciudad, es la contracara angustiosa de la que se vale la película para demostrar lo devastador que puede ser un evento de estas características. Más allá de que la crítica es velada, Sono no titubea al momento de poner sobre la mesa el rol que los políticos y los medios de comunicación desempeñan en situaciones como estas, dejando en evidencia la inoperancia y el manejo mediático.

La empatía con los personajes no tarda en generarse y a medida de que pasan los minutos no podemos más que sentir pena por aquellos que lo han perdido todo, pero somos compensados con la postura que la pareja de ancianos asume frente a la tragedia. La paz que transmiten en cada una de sus intervenciones se convierte en un oasis entre tanto dolor y desconcierto. El valor de la experiencia queda evidenciado en frases sencillas pero plenas de significado. Hacia el final de “Land of Hope” nos encontramos con escenas que incluso nos roban una sonrisa y llenan de un cálido sentimiento nuestro corazón.

Quienes hayan visto otras películas de Sion sabrán que su enfoque de la violencia es bastante radical, pero no encontramos en esta oportunidad nada que vaya por ese lado. A lo sumo nos podemos tapar con la amarga impotencia, la insignificancia de nuestro rol como hombres frente a las fuerzas de la naturaleza. La crisis nuclear de Fukushima está presente en varios pasajes de la película y ahí no hay lugar para las metáforas, pues el mensaje es claro. “Land of Hope” es un film sencillo, habitado por personas de a pie y con pequeños guiños que nos permiten reflexionar sobre nuestra condición, poniendo el foco en el vínculo que tenemos con nuestros afectos y el entorno que nos rodea. Pasado, presente y futuro sintetizados en pocos minutos y un mensaje esperanzador que escapa de un optimismo vacío de contenido.

Fuente: Bitters End / hiroshi@xiahpop.com




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