Tokyo Blues – 3: “No tengo nada”

Convencido estaba que el camino se iba a extender mucho más allá de mi campo de visión, pero muchas veces lo incierto se camufla de eso de lo que estamos seguro. Semanas atrás les propuse iniciar juntos la lectura de Tokyo Blues y con honesta intención los invité a acompañarme. Casi promediando el libro, me doy cuenta que es preciso dar un paso al costado y continuar en silencio y apenas respirando por la historia que nos propone Murakami.

Watanabe & NaokoNo es necesario explicitar motivos, pues la ficción no tiene reglas y tampoco excusas. Pese a que Watanabe se muestra indiferente frente a muchas de las cosas que pasan a su alrededor, nuestra complicidad debe pagar el tributo del silencio. Quienes hayan ido un poco más allá conocen la fragilidad de Naoko, y es a partir del capitulo 3 que comenzamos a tomar verdadera noción de lo que se nos puede venir encima. Kizuki irrumpe desde el pasado y como un fantasma que no sabe de sí mismo se vale del recuerdo y nos convence de algo que quizás no queremos.

Mientras escribo estas líneas se estrena el primer chaparrón del otoño y Amy Winehouse  nos canta desde algún lado. Es a esta altura que Midori se suma al grupo, casi sin ser invitada. Sutil es su presencia en el comienzo, pero no pasan muchas páginas hasta que devela el potencial de su existencia en el mundo apenas miserable con el que se despacha Murakami. Y acá tengo que hacer un mea culpa, pues al ver primero la película quedé atrapado por el encanto de la actriz que la interpreta y ya no pude salir de ahí. Lo escueto del guion cinematográfico se amplia de manera extraordinaria en el libro, y casi sin quererlo completo a Midori, descubro esos rincones que hasta hace poco habían permanecido en las sombras y la disfruto.

Es en este punto que no quiero estar en los pantalones de Watanabe. Quiero dejarlo solo y que se las arregle. Una por acá, otra por allá y todas para él. No me enojo, tampoco lo entiendo, pero prefiero mirarlo de lejos. Es en vano mi postura pues no pasan mas de 10 páginas para que me tenga nuevamente a su lado. Ambos quedamos encantados con Midori y estimo que en algún momento eso nos va a complicar las cosas.

¿Naoko? La pregunta resuena todo el tiempo en la primera persona, y no hay respuesta. La noche de su cumpleaños aparece como el último vestigio en el que tuvimos contacto con su persona. Después la nada misma y el vacío que genera la incertidumbre. Midori no merece ser un comodín. Midori es bella y diligente. Midori existe. Midori quema. Las clases se prolongan más de lo deseado y el tedio se vuelve nuestro aliado. El sexo ocasional es un escape burdo y después de algunas noches ya pierde sentido, sentido que quizás nunca tuvo.

Murakami te arma una huertita en el corazón y después te manda una camada de conejos a destrozártela. Hay algo de piedad en su prosa, pero no nos conforma. Somos imperfectos y lo sabe. Son imperfectos y lo sabemos. Debemos convivir con eso y a partir de ahí asumir el verdadero sentido del vínculo que nos propone el otro.

«Al poner en contacto nuestros cuerpos imperfectos, no hacemos más que contarnos lo que no podríamos contarnos de otro modo. Y así adquirimos conciencia de nuesrtas respectivas imperfecciones.» Pag. 177 – Noruwei no Mori

C’est tout, mes amis.




One thought on “Tokyo Blues – 3: “No tengo nada”

  1. Baekhito

    *Me musicalizo la lectura con “Amazon Trio Trap” del OST de Bishoujo Senshi Sailor Moon.*

    Se dice que la principal característica de los conejos-gatos es la de poder crear cálidas madrigueras en donde propios y extraños logran percibir esa sensación de hogar. Lo lográs siempre.
    Al ser un intimista como tú, mi querido Hiroshi, me has hecho recordar en qué contexto de mi vida personal toqué a esta novela y después película.

    Atravesando un duelo por la muerte de un ser querido y más joven que yo, “Tokyo Blues” llega a mis manos en el año del Tigre y la película del mismo, en el “Año del Conejo”; aquel fatídico año, me toca despedir junto a mi hermano, primos y amigos, un amigo de grupo víctima del cáncer. El cansador velorio dura mucho tiempo, pero logro mantener mi eje. Tres días después, una amiga aparece en casa una noche. Su parlamento: “Es hora de hacer duelo.” Y pone una botella de vodka sobre la mesa y un pendrive con la película.

    Fue en la presencia de Naoko en donde pude expresar mi dolor, profundo, catártico. Recordé a Aristóteles, él siempre mencionaba las virtudes del teatro, las cuales a través de la palabra, generaba todo tipo de reacciones en los espectadores, reacciones catárticas. La catarsis y la propiedad ensalmadora de la palabra, me serían donadas por el Psicoanálisis después.

    Las palabras, las películas, la música y los libros registran nuestras vidas.

    Menudo artículo.
    Muchas gracias.

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